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Soy un viajero incansable y observador apasionado de la condición humana. Mi curiosidad por los detalles y las emociones que subyacen en cada interacción alimenta mi imaginación, donde exploro las complejidades de la vida y las decisiones que moldean nuestro destino.
Cada palabra que escribo es un paso hacia la comprensión del mundo y de las personas que lo habitan.

Mi objetivo es crear historias que entretengan, conecten y dejen una marca significativa y un legado de mi existencia.

zadi desme

EL CRUCE DEL CHARCO

 

“La Historia de un Piloto y su paso por África central, donde nos relata la crueldad e injusticia que viven sus habitantes, producto de la ignorancia que promueven sus gobernantes.

En su complicado viaje llega a descubrir que pese a la maldad de pocos, existe un mundo atractivamente seductor y enigmático”

El SUSURRO DE MI TIERRA
por Zadí Desmé

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Desde muy lejos, mi alma y mi corazón susurran el nombre de un país que no he olvidado. Aunque hace muchos años lo dejé, y el tiempo, como la distancia, intentaron borrar sus colores, aromas y música de mi memoria, hoy mi corazón, más que nunca, late fuerte al recordarlo. Mis latidos son como las olas que rompen en sus playas, esas que vieron mi infancia correr descalzo en sus arenas, libre e inocente, bajo ese cielo estrellado que jamás volveré a encontrar y que solo vive en mis recuerdos.
No me fui porque quise, me fui porque el destino así lo quiso. Dejé atrás mi familia, mi historia, las sonrisas de mis amigos, mi gente y sus tradiciones que llenaban mi vida de sentido. Dejé una tierra que me enseñó a soñar, a compartir, a vivir con un sabor distinto en el alma. Mi corazón nunca olvidó el olor de su tierra ni la imagen de sus majestuosas montañas que forman lo más imponente de los Andes, los atardeceres que pintan el cielo sobre las playas de la Costa y la alegría vibrante de la selva que respira vida en el Oriente.
Sé que no es el mismo lugar que dejé. El tiempo, como las olas, lo ha moldeado, transformándolo. Pero sigue siendo mi tierra, la que vio a mis padres crecer y recibió a mis abuelos y bisabuelos cuando ellos también emigraron a esta bendita tierra, que se convirtió en su hogar. Más que un lugar, su esencia se impregna en la sangre que corre por mis venas, llevando consigo las historias de nuestros ancestros, esas que el tiempo convirtió en canciones que hoy resuenan en mi mente.
Dios mío, ¿cómo no recordar mi Lima amada? Sin desmerecer otras bellas ciudades, el Jirón de la Unión es la esencia de esos paseos de antaño que aún guardo en mi memoria. Sus calles vibraban con risas, pasos apurados y miradas curiosas. Jironear era más que caminar: era ver una tierra en miniatura. Desde el señor elegante con su sombrero de paño hasta él lustra botas o el canillita vendiendo diarios, todo formaba parte de un paisaje único. En sus calles, las historias y razas se entrelazaban, dejando huellas de sueños y transformaciones.
Fray Martín de Porres y Santa Rosa de Lima son símbolos de fe y humildad. Nos recuerdan que nuestra tierra no solo está rodeada de paisajes majestuosos, sino que también es hogar de almas grandes, de corazones que entregaron sus vidas con devoción. En su rica historia milenaria encontramos la fuerza para seguir adelante, para no olvidar quiénes somos y honrar la herencia que recibimos de los incas.
Somos una mezcla única. Una amalgama que late con fuerza. Somos cholos, negros, blancos, descendientes de chinos, japoneses, italianos, franceses, españoles... ¡Somos todos y somos uno! En nuestra piel, nuestros rasgos, nuestra música y nuestra comida vive esa fusión que nos define. Somos el fruto de encuentros y desencuentros, de luchas y reconciliaciones, de amores y nostalgias.
Cada plato que nos identifica lleva esa historia. El ceviche, con su frescura y su picor, es un abrazo del mar que nos rodea. El tacu-tacu, un homenaje a la creatividad de nuestros negros y a la resistencia de quienes hicieron magia con lo poco que tenían. El pisco sour, ese trago que sabe a fiesta, a amistad, a vida. Todo esto es un reflejo de algo que no solo se vive, sino que se siente y se lleva por siempre, como el inconfundible sabor de nuestra Inca Kola.
Hoy me invade la nostalgia. Recuerdo a mi tía cantando un vals criollo, su voz trémula y sincera, como si toda la historia de mi tierra viviera en sus cuerdas vocales. Veo a mi tío haciendo cantar a su guitarra, arrancándole melodías que parecen llorar y reír al mismo tiempo. Veo a mi padre bailando un vals, como si cada paso fuera un homenaje a la tierra que lo vio nacer. Son imágenes que el tiempo había escondido, pero hoy salen y me hacen llorar.
A veces me pregunto cómo pude olvidar todo esto. En el afán de sobrevivir lejos, dejé atrás lo que me hacía ser quien soy. Pero hoy, mientras escucho a Chabuca Granda cantar con el alma, algo en mí despierta. Aunque dejé mi tierra, mi tierra nunca me dejó a mí.
Hoy siento en mis venas cómo un lugar puede ser tantas cosas al mismo tiempo, haciendo vibrar mi corazón y devolviéndome la calma mientras las olas cantan un vals en su ir y venir. Es el aroma de la tierra mojada en la sierra después de la lluvia, la selva que respira y da vida al mundo.
Por más lejos que uno esté, una melodía siempre nos transportará a la esencia de nuestra tierra. Nos recordará que sigue siendo nuestro hogar, el lugar de nuestros recuerdos, de nuestros ancestros, de nuestras raíces. Es el espacio que tejió nuestra identidad y que siempre estará allí, esperándonos con los brazos abiertos, como una madre que nunca deja de amar.
Hoy cierro los ojos y siento que estoy en casa. Percibo el olor del mar, el calor de la arena en mis pies, el bullicio de una jarana en la distancia. Veo al Señor de los Milagros pasear por calles atiborradas de gente que lo sigue con fe y devoción. Siento en mi boca el sabor del turrón de Doña Pepa, los tamales, el pollo a la brasa y los chicharrones, mientras brindo con un pisco sour, ese que sabe a fiesta, a historia, a vida. Aunque esté a miles de kilómetros, estoy en casa.
"No importa cuán lejos esté, mi alma permanece enraizada en la esencia de mi tierra. Es el latido eterno que me une a lo que siempre será mi hogar."

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ENTRE REDES
Y
SOMBRAS

por Zadí Desmé

Terminamos de almorzar, y por primera vez en mucho tiempo, sentí que habíamos recuperado algo que creía perdido. Durante años, nuestros encuentros en la mesa habían sido poco más que una coreografía de pulgares frenéticos, miradas ausentes y el hipnótico tintineo de notificaciones. Cada uno, incluyéndome, era un náufrago digital, atrapado en su propia isla de píxeles. Pero ese día, todo cambió.El Wi-Fi, ese inquilino omnipresente de nuestras vidas, decidió tomarse un descanso debido a una falla en la zona donde vivo. Lo que empezó con caras de “¿y ahora qué hacemos?”, poco a poco se fue transformando en una "tragedia" familiar entre gritos acalorados y maldiciones a los proveedores de este servicio —sin memes, sin actualizaciones, sin esa refrescante dosis de validación virtual— para luego desembocar en un resultado inesperado: el resurgir de una convivencia real.

Tras apaciguar los ánimos, los celulares quedaron olvidados y, en su lugar, surgieron risas auténticas, relatos chispeantes y, de fondo, una música que llenó la sala con una calidez que hacía tiempo no experimentábamos. Por un momento, habíamos retrocedido a una era en la que la conexión humana no dependía de un router.

Este instante revelador me llevó a reflexionar sobre lo que verdaderamente significa una reunión familiar y sobre lo mucho que hemos perdido en el camino.

Estas reuniones, en esencia, son mucho más que encuentros; son el tejido con el que se entrelazan los vínculos, los recuerdos y los valores que trascienden generaciones. Son instancias en las que las risas compartidas se convierten en historias que sobreviven al tiempo, y donde las miradas cómplices construyen puentes invisibles entre el pasado, el presente y el futuro.

Sin embargo, en estos tiempos modernos, este espacio sagrado se ve mermado por un astuto invasor que ha tomado un lugar en la mesa: el celular.

No quisiera que me malinterpreten. La tecnología es un prodigio que ha traído maravillas inimaginables a la humanidad. Ha facilitado el acceso al conocimiento, la comunicación instantánea e incluso la posibilidad de conectarse con seres queridos a distancia.Pero cuando este gran beneficio, que en principio nos facilita la vida, afecta nuestro comportamiento y las pantallas reemplazan las miradas, cuando las notificaciones desplazan conversaciones profundas, lo que antes era esencia para la conexión humana se convierte en un campo virtual saturado de interacciones que solo se aprecian en un mundo ilusorio, por gente con presencia igualmente virtual.Aquí cabe citar a la investigadora Sherry Turkle, experta del MIT, quien en obras como Alone Together (Solos juntos) explica cómo la tecnología ha generado una “ilusión de compañía” que en realidad conduce al aislamiento.

Desde su perspectiva, cuanto más dependemos de las pantallas para vincularnos, más nos alejamos de las conexiones cara a cara que nutren nuestra empatía y entendimiento mutuo.¿Cómo se pueden transmitir valores familiares, cuando cada miembro de la mesa o los que están sentados en una reunión familiar, está absorto en un mundo no físico, lleno de memes, reels, “me gusta” y noticias interminables? Más aún, ¿qué sucede cuando el mensaje más importante del día no es una conversación con gente real, sino una notificación publicitaria, un video de un influencer o un recordatorio de batería baja?Esta es la realidad actual por la que los jóvenes y adultos están pasando, que llegó disfrazada de progreso, acortando tiempos y distancias, desplazando la televisión, el teléfono tradicional y el correo, y que se desplaza como una silenciosa enfermedad sin que suenen las alarmas en nuestra sociedad contemporánea.

Nos hemos olvidado de que la convivencia familiar es el bastión de lo humano, y que está siendo gradualmente sitiada por un ejército de píxeles y terabytes que amenaza con desaparecer lo que realmente importa: la auténtica, única e irremplazable conexión humana.

Desde nuestros primeros pasos evolutivos, la capacidad de empatizar, comprender y compartir emociones no fue un lujo, sino una necesidad vital. Hasta los años 90, a la hora del almuerzo en una cafetería se podía ver a los compañeros de trabajo compartiendo y hablando de lo que ocurrió durante el día. Hoy, en ese mismo espacio, las personas están absortas mirando qué pasa en las redes sociales, comiendo y revisando el teléfono a la vez, ignorando a su acompañante: una total falta de interacción humana. Otros sacan fotos de su entorno o de lo que han almorzado y lo comparten en las redes sociales, o están atentos a cualquier situación anormal para subirla a la web y recibir unos “me gusta” y ganar así un reconocimiento social.Hilando un poco en la historia y retrocediendo a una época distante, puedo imaginar aquellos momentos icónicos en los que la domesticación del fuego transformó la vida de nuestros ancestros.

Las fogatas, más allá de cocinar o ahuyentar depredadores, se convirtieron en centros neurálgicos de la comunidad. Al calor de las llamas, se fortalecían los vínculos y se moldeaba la identidad colectiva de la tribu. Las historias narradas eran lecciones de supervivencia, inyecciones de humor en tiempos oscuros y relatos balsámicos que se compartían. Cada chispa del fuego simbolizaba conexión y pertenencia.

Analizando lo anterior, llego a la conclusión de que los humanos siempre han estado ávidos de esta necesidad de conexión, y que no es exclusiva del pasado, sino que ha evolucionado y se ha transformado a lo largo del tiempo.

Las civilizaciones antiguas encontraron en las ceremonias y los rituales comunitarios una forma de perpetuar la cohesión social. Por ejemplo, en la cultura azteca, los festivales religiosos no solo unían a las personas, sino que también fortalecían el sentido de identidad colectiva. De manera similar, en la Edad Media europea, las ferias y mercados no eran solo espacios de intercambio comercial, sino también lugares donde las comunidades reforzaban sus lazos a través de la convivencia cara a cara.La ciencia también ha demostrado cómo estas conexiones impactan nuestro bienestar. Investigaciones recientes del campo de la neurociencia social destacan que las interacciones cara a cara estimulan la producción de oxitocina, también conocida como la "hormona del vínculo", fortaleciendo la empatía y la confianza entre las personas. Por otro lado, el uso excesivo de dispositivos digitales ha sido vinculado con el aumento de sensaciones de soledad y desconexión emocional, incluso cuando estamos rodeados de otros.

En este contexto, no podemos ignorar cómo la tecnología crea una ilusión de presencia y de conexión. Las redes sociales, que prometen acercarnos, muchas veces fomentan la comparación constante y una sensación de insuficiencia personal, sumergiéndonos en un mundo irreal. Mientras las interacciones digitales proliferan, las relaciones reales se diluyen, dejando a las personas atrapadas en un círculo de desconexión física, disfrazada de socialización.Estamos sumergidos en una corriente que, con el tiempo, ha llevado nuestra capacidad de conectar hacia formas más complejas y, a mi modo de ver, con un futuro potencialmente oscuro. Más aún si consideramos que estamos a un paso de obtener acceso masivo a mundos virtuales: ahí, el problema del celular será apenas una cosquilla comparada con el desafío de lograr que regresemos a un mundo real.Nuestros ancestros, al construir ciudades y formar civilizaciones, crearon rituales y prácticas diseñadas para reforzar los lazos humanos, generando mecanismos y costumbres que iban desde las celebraciones religiosas hasta las festividades locales. En Egipto, por ejemplo, la construcción de las pirámides simboliza no solo el poder del monarca, sino también la colaboración colectiva de su pueblo. Grecia y Roma, con sus banquetes, transformaron la mesa en un espacio de debate y conexión, donde el diálogo moldeaba la civilización. Incluso las culturas indígenas de América Latina vinculaban lo humano con lo divino a través de ceremonias que reforzaban la interdependencia.

En el pasado, el escaso acceso a la tecnología impactaba de manera diferente la vida familiar, y también las relaciones interpersonales en general. Ahora, las amistades, por ejemplo, se han transformado en “contactos” y “seguidores”, mientras que las relaciones de pareja enfrentan nuevos desafíos. Estudios recientes muestran que la dependencia de los dispositivos digitales es una de las principales causas de conflictos en las parejas modernas. Este fenómeno, conocido como “phubbing” (ignorar a alguien por mirar el teléfono), no solo afecta la comunicación, sino también la intimidad y la confianza.La socióloga Zygmunt Bauman, con su concepto de “modernidad líquida”, advertía que en nuestro tiempo todo parece volverse efímero: las relaciones, los proyectos de vida y, por supuesto, la comunicación humana. Cuando trasladamos esa fugacidad a la mesa familiar, presenciamos cómo la conexión esencial, aquella que fortalece vínculos y valores, queda relegada por el brillo de una pantalla.

Al reflexionar sobre este panorama, vale la pena mencionar que algunos especialistas proponen soluciones y prácticas para contrarrestar esta “epidemia silenciosa”. Por ejemplo, establecer horarios o zonas libres de tecnología en el hogar, como una regla que impida llevar celulares a la mesa, o la técnica del “phone stacking” (apilamiento de teléfonos) en las reuniones sociales, donde todos colocan sus teléfonos en una canasta y el primero que lo toma antes de terminar la velada asume una pequeña penalización (invitar la siguiente ronda, por ejemplo). También se han popularizado los denominados “días detox”, en los que se busca desconectarse voluntariamente de las redes para reconectar con la familia y las amistades.Igualmente, se está investigando cada vez más el impacto de la tecnología en la salud mental, vinculando el uso excesivo de dispositivos a problemas de ansiedad, estrés e insomnio. Está en nuestras manos equilibrar el beneficio de la inmediatez digital con la necesidad de una interacción genuina, esa que despierta la risa compartida, la empatía y el sentido profundo de comunidad.En definitiva, hoy convivimos con un invento prodigioso que puede salvar distancias, pero también crea una distancia con quienes tenemos cerca. Está en nosotros rescatar los momentos vitales de la convivencia y recordar que, aunque las redes sociales pueden unirnos con cientos de personas al otro lado del mundo, nada suplanta la mirada, el abrazo o las palabras sinceras que se comparten en un encuentro real.Tal vez sea hora de contemplar, sin renunciar a los avances, una coexistencia más armónica entre la vida digital y la vida presencial. Cuando volvamos a encender el Wi-Fi y revivan nuestras notificaciones, conservemos también encendida la llama de la conexión humana, esa que alimenta el espíritu y nos hace recordar que, en el fondo, seguimos siendo la misma especie que alguna vez se unió alrededor del fuego, compartiendo historias, risas y, ante todo, compañía.El avance tecnológico no se detiene y, muy pronto, los smartphones —ese dispositivo que tanto nos ha quitado y aportado— podrían quedar obsoletos. En su lugar, se perfila un horizonte en el que bastará con usar lentes de contacto inteligentes para ver un panel flotante frente a nuestros ojos, mover las manos en el aire para seleccionar aplicaciones invisibles y escuchar mensajes a través de diminutos audífonos. En otras palabras, el mundo virtual y el mundo real se fusionarían sin siquiera pasar por la pantalla de un teléfono.

Si hoy, con un simple rectángulo de vidrio y circuitos en la mano, ya enfrentamos serios desafíos para mantener relaciones humanas genuinas, imagina lo que ocurrirá cuando no podamos “apartar” el dispositivo de nosotros mismos y terminemos interactuando con un universo digital que solo es visible en nuestros ojos y oídos. Sería prácticamente imposible saber quién está prestando atención y quién está sumergido en un interminable flujo de notificaciones proyectadas en su retina. Tal vez nos transformaríamos en una sociedad de “loquitos” gesticulando en el aire, intercambiando saludos virtuales con hologramas que se superponen a la realidad.Admito que me genera cierto miedo pensar en lo que viene, en nombre del progreso. No tengo la respuesta inmediata para tantas preguntas que surgen de esta inminente revolución tecnológica, porque son muchas las variables que entran en juego: la privacidad, la empatía, la salud mental, la verdadera interacción cara a cara… Sin embargo, solo espero que, en medio de este torbellino de innovación, sepamos tomar conciencia de lo esencial que sigue siendo la conexión humana. Puede que el futuro nos sorprenda con herramientas insospechadas, pero la decisión de conservar intacta nuestra capacidad de compartir y reconocernos en la mirada del otro sigue (y seguirá) estando en nuestras manos.Y es justo esa conciencia la que me lleva a recordar aquel momento en que el Wi-Fi decidió irse de vacaciones sin previo aviso, dejándonos con cara de “¿y ahora qué hacemos?”. Sin memes, sin actualizaciones, sin esa sagrada cuota de validación virtual, nos vimos forzados a entablar un diálogo real, hecho de risas auténticas y miradas cómplices, en lugar de emojis. Fue entonces —mientras la calma se instalaba en el aire— cuando decidimos que, a partir de ahora, cada vez que nos sentemos a la mesa o coincidamos en la sala, los celulares se apagarían como si de un ritual religioso se tratara.¿Y sabes qué? Por sorprendente que parezca, nadie murió en el intento. Al contrario, descubrimos una antigua reliquia llamada “conversación”, repleta de historias familiares, bromas y hasta planes para el fin de semana que no requerían “likes” ni “shares”. Hubo un curioso silencio que, lejos de ser incómodo, se fue transformando en una melodía de fondo: la charla fluía sin interrupciones, sin pantallas que parpadearan pidiendo atención. El Wi-Fi regresó tiempo después, un poco ofendido —o eso imaginamos—, pero para entonces ya habíamos sellado nuestro acuerdo familiar: desconectar por ratos para volver a conectarnos de verdad.Claro que, si la tecnología sigue avanzando como prometen los profetas de la innovación, quizá dentro de unos años no tengamos que “apagar” nada, porque lo llevaremos integrado en el cuerpo: lentes de contacto que proyectan apps al parpadear, gestos en el aire para enviar mensajes invisibles y audífonos diminutos que susurran notificaciones al oído. Reconozco que me da un poco de miedo pensar en ello, porque son muchas preguntas y muy pocas respuestas. Lo único que me queda claro es que, en medio de esos parpadeos virtuales, deseo con todas mis fuerzas que la llama de la conexión humana se mantenga encendida, y que nunca olvidemos la magia de conversar sin pantallas de por medio.

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